Tormenta de verano

Por lo general no soy muy afecto al verano. Por supuesto que me gusta cuando estoy cerca del mar, pero cuando no es el caso el calor me resulta muy molesto y prefiero los días más fríos y oscuros.

Lo que sí me apasionan del verano son las tormentas. La quietud previa, el día que se pone oscuro, los relámpagos y truenos, el aroma a lluvia, el sonido del agua al caer.

Todos estos estímulos sensoriales disparan invariablemente el recuerdo de cuando jugaba de niño con los barcos de papel que me armaba mi abuelo, con los pies descalzos en el agua de la calle Pascual Palma en Paraná, despachando aventuras cuesta abajo. Hace una vida de eso, pero el recuerdo es como si fuese ayer. En algún sentido me veo a mi mismo como si fuese aquél niño todavía, a pesar de todo lo que ha pasado desde entonces. El espejo se encarga de despejar mi confusión en forma instantánea.

El único defecto de las tormentas de verano es que son breves. La de esta tarde, en La Plata, duró apenas unos minutos. No alcancé a despachar ningún barco de papel.

Tormenta en retirada.

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